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América Latina en perspectiva ambiental

¿Cómo lidian los gobiernos con los cambios abruptos e impredecibles debidos al cambio climático que acarrean problemas sociales y económicos? Los retos que deberán enfrentar los estados desde las políticas públicas y la educación.

Por Hernán Rossi

 

Según la Organización de las Naciones Unidas, desde el año 2000 hasta 2020, 152 millones de personas fueron afectadas por desastres naturales como inundaciones, huracanes y tormentas, terremotos, sequías, aludes, incendios, temperaturas extremas y eventos volcánicos. ¿Qué tienen en común estos desastres? Primero, que afectan a los sectores más vulnerables; segundo, que su periodicidad se vio incrementada por el cambio climático; tercero, que se le hace cada vez más difícil a los gobiernos predecir y actuar en consecuencia para mitigar sus efectos. Es por ello que surge una cuestión esencial para los países: el ambiente es una temática central y global en el siglo xxi.

Hace ya varios años que se debate sobre el cambio climático. Sabemos que a lo largo del tiempo el clima del sistema terrestre se ha ido transformando, siendo este fenómeno natural. Sin embargo, el aceleramiento del calentamiento global de los últimos doscientos años se explica principalmente por el modelo de desarrollo que llevamos adelante como humanidad. Es decir, no hay dudas acerca de nuestra contribución al calentamiento global. Este se manifiesta esencialmente por el aumento de la concentración de Gases de Efecto Invernadero (GEI) producidos por las actividades humanas entre las que se destacan: la energía que consumimos, a través de los combustibles fósiles, y la manera en la que producimos alimentos, o sea, el cambio del uso del suelo.

El aumento de los eventos climáticos extremos es una de las consecuencias del desarrollo insostenible que llevamos adelante, pero también se manifiesta en la modificación de los patrones de precipitación, el alza continua del nivel del mar, la reducción de la criosfera y, sobre todo, en el aumento de la temperatura media mundial, entre otros efectos. Al respecto, hace ya cinco años, se dio un gran avance con la firma del Acuerdo de París, cuyo objetivo central es el de «reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático manteniendo el aumento de la temperatura mundial en este siglo muy por debajo de los 2 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, y aunar los esfuerzos para limitar aún más el aumento de la temperatura a 1,5 grados centígrados».

Para concientizar sobre esta problemática de magnitud global, el director ejecutivo del Instituto Lebensohn, Jorge Fantín, en su calidad de climate ambassador, trajo un modelo de vanguardia diseñado por el MIT, donde se pueden adoptar distintas estrategias para mitigar y combatir el calentamiento global focalizando en la emisión de dióxido de carbono. Hemos llevado ese simulador a varios lugares del país durante la pandemia y de manera virtual. Sabemos que para alcanzar el objetivo se deben hacer grandes esfuerzos. Sin embargo, tanto Argentina, como la región, parecen poco preparadas para ello.

Por eso, es tiempo de hablar sobre una salida. Ya sabemos que si nos adentramos en los niveles más drásticos de aumento de temperatura, lamentablemente serán muchos más que 152 millones los afectados en la región, y los sectores más vulnerables sufrirán más gravemente las consecuencias. Al mismo tiempo, se verán afectadas las balanzas de pago de muchos países de la región y definitivamente su Producto Interno Bruto: muchos de nuestros países tienen como principal exportación materias primas y las consecuencias del cambio climático afecta directamente su productividad y ganancias.

La problemática ambiental es un tema alarmante y transversal que permea todos los aspectos de la vida humana. Hay mucho por hacer, pero debemos proponernos la misión de llegar, como mínimo, a cumplir las metas de descarbonización de nuestras economías, tal y como lo estipula el mismo acuerdo. La pregunta es: ¿cómo? Mi propuesta tiene dos partes, primero una visión de región, y debo confesarlo, de mi querida Argentina: una economía en transición energética, un discurso que aliente y promueva cambios a nivel individual, pero también a nivel colectivo, y un enfoque ambiental de las políticas públicas. Distintas iniciativas pueden realizarse, como la obligatoriedad de rendir cuentas en nivel de carbono de cada propuesta productiva y su mitigación, así como la implementación efectiva en todos los niveles del país de una educación ambiental.

Sin una visión clara, sin un discurso que nos incentive a perseguir el desarrollo sostenible será imposible pensar fuera de la caja. Sin una perspectiva ambiental, el discurso quedará vacío, porque las políticas públicas solo van a seguir reproduciendo el modelo actual de nuestros países. Además, todo esto no será viable sin una educación ambiental en las escuelas que nos enseñe las consecuencias del cambio climático para una toma de conciencia colectiva, pero también individual, que nos permita pensar en el impacto de nuestras acciones, de las más mínimas hasta los emprendimientos o proyectos que involucren a otras personas.

Desde el Instituto Lebensohn, instituto que presido, alentamos la creación de espacios para la reflexión sobre el ambiente, con distintas perspectivas. Pero no alcanza con que las organizaciones de la sociedad civil comenten y reflexionen. Precisamos, una vez más, de políticas públicas con una visión, además de global, regional, que tome en cuenta nuestra participación en la emisión mundial. Tampoco podemos acotar la temática del ambiente al cambio climático porque nuestras acciones tienen consecuencias en ecosistemas enteros, incluso en la supervivencia de especies de animales y plantas. Y la biodiversidad importa. Pero, sin dudas, lo que no podemos dejar de hacer es tomar cartas en el asunto.

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