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Armando Chaguaceda: “Uno tiene la posibilidad de no convertirse en cómplice de las prácticas represivas”

El triunfo revolucionario en Cuba, en 1959, significó cambios profundos en una isla que hasta el momento se preciaba como uno de los países más adelantados de América Latina. Fueron cambios en lo político, social y económico, que se reflejaron de diversas maneras en todos los aspectos de la vida cotidiana, incluidos, por supuesto, los estudios académicos. 

Así, la economía y lo social fueron supeditadas de manera irrevocable a lo político. 

Por tal motivo, muchos profesores con probados métodos de enseñanza y obras pedagógicas fueron silenciados y arrancados de las aulas de enseñanza. Tales fueron los casos de los matemáticos Aurelio Baldor y Mario González, la bióloga Isabel Perez Farfante o el geógrafo e historiador Leví Marrero, quienes fueron obligados a una vida en el exilio por no coincidir políticamente con el nuevo Gobierno revolucionario. No importó que la Pérez Farfante fuera la primera cubana en haber recibido un doctorado en Harvard o que el Álgebra de Baldor fuera una de los libros de textos más vendidos y estudiados en los países de habla hispana, simplemente fueron desaparecidos, junto con sus libros de texto, del panorama educativo; ahora público y estatal. 

En 1961, Fidel daba su famoso discurso en la Biblioteca Nacional, conocido como “Palabras a los intelectuales”, que marcaría una política de exclusión hasta hoy día con la frase “dentro de la Revolución todo; contra la Revolución nada”. ¿Pero qué significaban Revolución, dentro y contra? 

Ese mismo año, en otro discurso, el propio Fidel había declarado el carácter socialista de la Revolución. Una revolución que había sido hecha, entre otras cosas, para restituir las garantías constitucionales de la Carta Magna de 1940 y en contra del gobierno impuesto por Fulgencio Batista tras su golpe de Estado. Pero nunca una revolución hecha con el fin de un cambio de sistema, que a la larga probó ser totalmente antidemocrático.

Así, Revolución terminó siendo sinónimo de dictadura, totalitarismo, PCC (Partido Comunista de Cuba), represión… Dentro significaba una total aceptación de la política gubernamental y contra, todo y todos aquellos que tuvieran, aunque fuese la más mínima diferencia con esa política gubernamental.

De tal modo, durante más de sesenta años se han acallado las voces divergentes. Cientos de científicos, académicos, intelectuales y artistas han sido desplazados a un exilio o insilio forzoso, relegados a un plan pijama o enviados a puestos menores o no relacionados con su área de experticia. “Personal confiable” se volvió la frase de orden para poder ocupar cargos o puestos clave en la dirigencia y la producción. Y ellos, los que no formaban parte del “dentro”, no lo eran.

Prueba de esto son los muchos fracasos económicos a lo largo de seis décadas, desde el Cordón de La Habana, pasando por la Ofensiva Revolucionaria, la Zafra de los Diez Millones, la doble moneda, la Revolución Energética, hasta llegar al Reordenamiento Económico. La estatalización de todos los centros educativos, de investigación y empresas terminó trayendo como consecuencia una debacle económica y política a nivel interno.

Pero, ¿qué sucedía con las ciencias sociales en este panorama?

Relegadas de cierta manera a un segundo plano, se priorizó, por cuestiones políticas, la carrera de Filosofía; cuyos estudiantes fueron enviados en número de cientos a estudiar la materia a los países del antiguo bloque socialista europeo. Mientras, por ejemplo, se cerraba la carrera de Sociología. Como se hizo usual, el adoctrinamiento prevaleció sobre el estudio de los problemas reales que cada vez más se arraigaban en la Isla producto de la propia política gubernamental: racismo, empobrecimiento, envejecimiento poblacional, migración interna y externa, violencia, prostitución, entre otras cuestiones.

Luego de seis décadas y una educación regida por manuales —soviéticos, en gran parte—, poco han variado el discurso y la política gubernamental. La mayoría de los centros de producción de pensamiento siguen estando regidos por la confiabilidad y no la meritocracia; y la represión y el autoritarismo han aumentado, así como diversos males sociales que ya la imagen de Cuba como país vanguardia de lo social no ha podido contener ni seguir escondiendo.

Por eso DemoAmlat decide conversar hoy con el politólogo e investigador cubano Armando Chaguaceda sobre las ciencias sociales, la Academia y la democracia en Cuba.

 

Después del triunfo de la Revolución, las ciencias sociales en Cuba no han tenido un desarrollo lineal, sino más bien ciclos de retroceso, estancamiento y pequeños avances. ¿Cuáles podrían decirse que son las principales carencias de las ciencias sociales en la Isla?

Las principales carencias de las ciencias sociales en la Isla dependen del tipo de ciencia social de la que estemos hablando. En sentido amplio, las ciencias sociales incluyen ciencias políticas, económicas, y otras que estudian lo social en un sentido diverso: antropología, sociología y demografía. 

Las ciencias económicas han tenido un desarrollo muy importante en los últimos años. Se mantiene un nivel de institucionalización adecuado para el estudio de la economía, hay carreras con niveles de experticia bastante importantes y, sobre todo, un nivel de internacionalización. Es decir, los economistas cubanos han logrado reconocerse, citarse, trabajar juntos, producir conocimientos, independientemente de donde estén y de eso es emblemático el trabajo que han realizado académicos como Omar Everleny, Pavel Vidal, Mauricio de Miranda, Carmelo Mesa-Lago, Pedro Monreal, Juan Triana, por mencionar algunos nombres. Esto no ha sido producto de una gracia divina. Hay voluntad personal y de gremio en que esto sea así, en citarse, en leerse, en hacer productos en conjunto y esto es importante porque la economía es uno de los principales problemas pendientes en la crisis múltiple de Cuba.

En el resto de las ciencias sociales el resultado ha sido más variopinto. Ha habido avances en algunas ramas de la Sociología; por ejemplo, en sociología agraria, de la cultura, de las desigualdades; pero en general la sociología política ha permanecido muy retrasada, al igual que todo el campo de las ciencias políticas, donde pesa mucho la censura, el control de la información, de la investigación y los temas tabúes. 

Hay esfuerzos importantes dentro de Cuba, dentro de la Academia, por avanzar temas de conocimiento y perspectivas, pero  hay problemas persistentes de acceso a datos, a la fuentes y de difusión de lo que se investiga, y temas que son directamente terreno del control político e ideológico.

Este creo que es el panorama visible, un panorama desigual, donde hay avances gracias al esfuerzo de los académicos cubanos pero el control (ideológico y policiaco) institucionalizado que ejercen el Partido Comunista y los aparatos de la policía política sobre la academia en general —no olvidemos que ha habido sanciones, purgas de académicos por criterios incómodos, incluso de académicos leales al sistema— tiene un efecto estructural. Por ejemplo, no existe una asociación de ciencia política ni de sociología. Hay una Sociedad de Psicología con una sección de sociología; una Sociedad de Filosofía —muy formada desde el modelo soviético—  con una sección de ciencias políticas. Pero no existen carreras de licenciatura, como en otros países de la región, en Ciencias Políticas, con un currículo robusto, objetivo. De hecho, no existe la carrera de Ciencias Políticas, hasta donde entiendo, salvo en las escuelas del Partido con una carrera en formación de cuadros. Como decía una profesora mía de la Universidad de La Habana: “al poder no le gusta que lo estudien”.

Entonces, no se puede decir que en Cuba no haya desarrollo de las ciencias sociales. El problema es que este es muy desigual y, en la medida que el objeto de conocimientos de la disciplina se acerque a la política, deviene objeto de censura, control y, por supuesto, eso impacta en un desarrollo menor de esa disciplina.

A eso se debe sumar que en el léxico de la Academia hay un doble lenguaje; por ejemplo, se usan términos como democracia, elecciones, poder popular, república. Pero eso no refleja procesos reales de tomas de decisiones que sean democráticos; no se usan las palabras autocracia o autoritarismo en la Academia oficial, o muy poco. Además, se le añade un tipo de análisis, que yo he llamado “sin tiempo y sin sujeto”, porque usa categorías muy abstractas y generales como “el proceso”, “el proyecto político”, “la Revolución” —que encima es una categoría ahistórica y antimarxista porque está vaciando de sentido el concepto de revolución social. 

Tampoco hay un análisis de la estructura de clases y de poder en la sociedad cubana. Hubo un intento en el CIPS con Mayra Espina, hace algunos años, de avanzar en estudios de ese tipo; en el cual se reconocía sobre todo la presencia de pequeños propietarios privados; pero la burocracia y la tecnocracia ligada a ella, en términos de clase, y los estamentos de poder ligados al aparato militar, están desaparecidos de cualquier análisis sociológico estándar de la Academia cubana.

Entonces, hay cosas de las que no se habla, sujetos y procesos que no se mencionan y eso, insisto, retrasa la posibilidad de que esa ciencia social haga lo que tienen que hacer las ciencias sociales en cualquier parte del mundo: describir, explicar, analizar y proponer, con base a la realidad y no a propagandas o mitos.

 

Muchos académicos, sobre todo latinoamericanos, optan por excluir a Cuba de sus análisis políticos de la región, como si la Isla no formara parte de América Latina. Asimismo, muchos científicos sociales cubanos prefieren analizar los procesos políticos de otros países y hacer silencio sobre Cuba; incluso negando el uso lexical de palabras como dictadura para clasificar el tipo de gobierno cubano. ¿Por qué Cuba se vuelve zona de silencio en ciertos espacios académicos?

Cuba se vuelve espacio de silencio en la Academia, no ya cubana sino también regional, por varias razones. Yo he usado la metáfora de las tres actitudes respecto a Cuba como objeto del conocimiento: el no poder ver, el no saber ver y el no querer ver.

El no poder ver remite a una imposibilidad fáctica. Se limita a las personas que no tienen información sobre Cuba, bien sea por su extracción humilde y correspondiente carencia de escolaridad, por su desconocimiento de cómo encontrar información o sencillamente porque su difícil vida cotidiana, problemas y canales de información están lejanos de eso. Pero la Academia, de cualquier parte del mundo, no pertenece a esa categoría; no tiene una imposibilidad fáctica de ver lo que pasa en Cuba.

El no saber ver sería una imposibilidad epistémica. No tener las claves analíticas para entender lo que pasa en Cuba; bien sea porque el académico o el estudiante se socializó políticamente en entornos que le inducen ciertas ideas muy rígidas sobre lo que es Cuba, muy normativas, muy utópicas a lo que es favorable al modelo cubano. Por lo que aun teniendo acceso a Internet, a información, a bibliografía, la posibilidad de viajar incluso, pudiendo acceder al conocimiento, tiene velos. No tiene las claves epistémicas, conceptuales, para ver. Uno puede estar frente a un fenómeno y no verlo, y yo creo que eso es importante en parte de la gente fuera de Cuba. 

En la tercera dimensión ya no hay el no poder ver como imposibilidad fáctica ni el no saber ver como imposibilidad epistémica, sino un no querer ver como barrera volitiva. Son aquellas personas que por una militancia política no quieren pronunciarse sobre la realidad tal cual del régimen, el orden y la sociedad cubanos.

Esto último puede tener varias causas que he sintetizado en miedo, dogma y cálculo. 

El miedo se entiende por la pertenencia a una tribu política, de las cuales está llena la Academia y militancia de izquierda internacionales, en la cual alzar la voz para criticar los elementos criticables del gobierno cubano: autoritarismo, creciente desigualdad, pobreza —que serían los mismo criticables en América Latina y en cualquier país del mundo— no forma parte de la utopía a defender. El miedo entonces opera como una forma de sanción previsible para no ser excomulgado por la tribu, para seguir siendo invitado a Cuba y tener ciertas prebendas. No se puede perder de vista que el gobierno cubano tiene cierta influencia en instituciones, universidades y redes del mundo cultural fuera de Cuba, porque se ha dedicado a cultivar esas relaciones durante décadas y sí puede ejercer mecanismos de censura más o menos abiertos o directos en esos espacios. 

Pero además del miedo está el dogma. Hay personas que tienen realmente un dogma, que viven de una visión teológica de la política y viven el modelo cubano —insisto en lo de modelo, porque no es solo el orden que domina en Cuba, sino lo que esa forma política implica más allá de la Isla— como una especie de fe o de religión. Yo he contado la historia de un colega sociólogo en México que me dijo una vez, tras escuchar un análisis crítico de otros colegas muy prestigiosos sobre Cuba, que  si bien todo lo que se había dicho en el foro era real, yo tenía que entender que para él Cuba era “algo muy caro”. A lo que respondí que él debería resolver eso con su psicoanalista. Porque no podía pretender que una realidad en sí misma y una población que habita esa realidad no sea objeto de análisis, crítica y posibilidad de cambio, solo porque él y otros tenían que preservar una visión utópica de esa realidad.

Y junto al miedo y el dogma está el efecto del cálculo, en aquel sector de la Academia vinculado o no a la política que calcula que aliarse a lo que significa el modelo cubano, sus redes de influencia y sus aliados internacionales, le permite tener posiciones lucrativas, progresar en ciertos espacios académicos internacionales, volverse hegemónico en ciertas universidades públicas, sobre todo en América Latina pero también en Europa y Estados Unidos.

El temor a la sanción, al bullying, al dogma ideológico de una visión empobrecida de lo que es la izquierda y la realidad política cubana y latinoamericana, unido al cálculo de prebendas y beneficios personales por esa defensa del autoritarismo del régimen de Cuba conforman una trilogía de motivaciones, junto con estas tres imposibilidades, que ayuda a explicar lo que ha pasado con el caso de Cuba en la academia internacional.

 

Existen ciertos espacios de debate, como los Últimos Jueves, auspiciado por la revista Temas, o los encuentros desarrollados en el Instituto Cubano de Investigacion Cultural Juan Marinello o el Centro de Investigaciones Psicologicas y Sociológicas, que pueden dar la idea de una apertura de pensamiento e inclusión de diversas posiciones políticas. Sin embargo, tu experiencia personal no coincide con esta idea. ¿Qué sucede realmente con los espacios tolerados y aupados por la política gubernamental y los espacios independientes de pensamiento?

Para entender lo que pasa con estos espacios tolerados de pensamiento y debate hay que historizarlos. Primero hay que ubicar de qué estamos hablando.

Estamos hablando de una serie de espacios situados a medio camino entre la sociedad civil y el Estado: revistas, espacios culturales, algunas organizaciones no gubernamentales, que surgieron en su inmensa mayoría en los años 90. Después de la caída del Muro de Berlín hubo un intento dual —porque estos procesos nunca son simples— por un lado, de algunos intelectuales que querían reformar el modelo desde una postura leal a cierta idea  del socialismo y, por otro, el Estado cubano quería también obtener recursos y recomponer la legitimidad de cara al mundo. Era muy difícil vender un modelo soviético como algo deseable, de modo que se empezó a hablar del “proyecto social”, un término genérico que es multisentido; por un lado hace un guiño velado al socialismo, pero por otro parece que se está hablando de gestión de proyectos, lo que le gusta a la cooperación internacional. De hecho, hubo otra serie de desplazamientos de términos, en ese sentido. 

En esos años 90 esto que llamo un reformismo oficial, sobre todo de intelectuales y algunas ONG autorizadas, que rompían con el modelo tradicional de organizaciones de masas, buscó diferenciarse del  discurso oficial reproducido por los medios de difusión y por los aparatos de formación política de las escuelas de cuadros y de formación superior. Asimismo, mantenía ciertas lealtades básicas con el Estado: consideran que el modelo vigente es reformable, no rechazan el diseño de partido único e ideología de Estado y lo consideran reformable en una dirección un tanto vaga, que siempre se define como un socialismo más participativo, más democrático. Tampoco desde ese reformismo se hacen buenas críticas estructurales a la dirigencia, a los factores de poder duro, real, la policía política no aparece nunca y a la ideologia oficial se la cuestiona de manera muy genérica. No hay una crítica estructural al sistema ni a los actores que deciden en el sistema las prácticas de autoritarismo; pero ha habido intentos —y creo que sinceros— de cambiar, desde ese reformismo autorizado. 

Lo que pasa que esos espacios, ideas y promotores tienen un contexto sociohistórico. El Estado no ha cambiado, esos proyectos tampoco; pero la sociedad cubana les ha pasado por el lado. Se ha vuelto una sociedad más diversa, más desigual, por tanto, hay más conflictos sociales, y han emergido más voces alternativas sin el autorizo expreso del poder. Aval oficial que es una característica de esos espacios y esos actores: o bien tienen un vínculo con instituciones —como el Ministerio de Cultura en el origen de la revista Temas—, o bien al propio liderazgo histórico del proceso —a la figura de Fidel Castro con el reverendo Raúl Suñarez en el Centro Martin Luther King— o se trata de espacios como el Cenesex, con una vinculación familiar con la propia élite.

En la medida en que esos espacios segmentados, fragmentados y autorizados para un debate encapsulado hasta cierto límite y sobre ciertos temas, depende de un tipo de habilitación especial que le da el poder a esos espacios —que no quiere decir que sean falsos, pero que son limitados—, y en la medida que la sociedad les ha pasado por el lado —hay artistas críticos, que se discuten temas que antes no se discutían, que hay académicos discutiendo en Cuba sobre los temas considerados tabú, etc. — esos espacios se han visto en una disyuntiva. Podrían acompañar el reclamo de cambio real de una sociedad cubana más vocal y más crítica desde diferentes ideologías —lo cual sería congruente con objetivos declarados de estos espacios, véase por ejemplo la visión y misión de la revista Temas, el Centro Martin Luther King u otras organizaciones—, pero eso los pondría en una situación de ruptura, de rebeldía, frente al Estado que los ha autorizado a existir en esa especie de excepcionalidad autorizada, de permisibilidad. 

Y ahí hay un problema. Cuando mi derecho a organizar un debate, a organizar talleres de educación popular y a capacitar a personas en temas de diversidad sexual no es un derecho extendible a otros actores nuevos que emerjan, no es un derecho, sino un privilegio. Se trata de una suerte de extensión de lo que la ley de asociaciones y la práctica política establecían: que solo podía haber un tipo de organización por cada demanda, identidad o agenda de la sociedad, y en general siempre tenía que haber un órgano del Estado que los atendiera.

Por eso creo que lo que ha pasado es que estos espacios de reformismo autorizado de los años 90 han sido rebasados por la realidad y no han aceptado resolver esa contradicción abriéndose, acompañando, la emergencia de los conflictos sociales reales y disruptivos, sino que han permanecido leales al pacto original que les dio creación. Por ejemplo, ante el ciclo de protestas que Cuba ha vivido, donde el sujeto popular salió a la calle y ha sido encarcelado o reprimido, ¿dónde están los pronunciamientos de esas redes de educación popular, a las cuales les correspondería estar visibilizando la situación, como hacen sus pares en América Latina cuando hay protestas similares con respecto a sus gobiernos. Pero el reformismo autorizado ha privilegiado la lealtad al “proyecto”, en vez de aludir a la responsabilidad directa del Gobierno que ha criminalizado al sujeto popular que ellos declaran defender. 

Incluso cuando algo como Cuba Posible, un proyecto moderado, plural, donde hacían parte intelectuales y académicos oficiales con credenciales ideológicas de izquierda y reconociendo la legitimidad del gobierno cubano, fue criminalizado y cerrado, no hubo ningún pronunciamiento de esos otros espacios de debate autorizados que supervivieron a Cuba Posible, como pudiera ser la propia revista Temas. Es decir, no hubo una postura de solidaridad con un proyecto que intentaba hacer algo parecido a ellos, pero sin permiso oficial. Tampoco se realizó ninguna actividad conjunta o una toma de postura pública de defensa. Porque quizá uno no tiene por qué asumir la agenda del otro, pero sí apoyar su derecho a existir. Simplemente se prefirió mantener una posición más afín a la del Estado autoritario.

 

A lo largo de estos años, se han dado casos como el cierre de Pensamiento Crítico, el Centro de Estudios para las Américas y otros proyectos. ¿Qué pasa cuando la Academia comienza a separarse del Estado y el Gobierno, y a tener líneas propias de pensamiento?

Lo que sucede con la Academia cuando comienza a separarse del Estado es lo que todos sabemos. Por un lado, el desamparo. Si es un académico específico llegan las presiones, las censuras, los intentos de “conversación” e incluso la pérdida del trabajo. En dependencia de cómo responda ese académico a las presiones, si baja la criticidad, si se acomoda y administra su crítica, puede tal vez sobrevivir. Eso también depende del lugar; quizás es más difícil en universidades de provincia que en La Habana, donde hay otro tipo de posibilidades porque siempre hay más oferta laboral o un poco más de tolerancia; puede que sea corrido de la universidad y termine en algo de la cooperación internacional. Todo eso depende del contexto y de las protecciones que tenga el académico, porque estamos hablando de un Estado arbitrario, depende de la tolerancia de la Seguridad del Estado y del propio valor e inteligencia del académico, así como de sus redes de apoyo y de la coyuntura política. En general eso es un trayecto a la intemperie, como un desierto.

Y quiero destacar dos cosas. No hay espacio para una Academia autónoma del Estado, legalmente reconocida. Incluso voy a hacer una distinción analítica comparando la situación cubana con dos ejemplos de regímenes muy horribles. En las dictaduras chilena y argentina, que son junto a la guatemalteca de las más terribles en términos de muertos que hemos tenido en América Latina, existían instituciones independientes académicas. Por ejemplo, el CEDES (Centro de Estudios de Estado y Sociedad) en Argentina, con Guillermo O’Donell; y la Flacso en Chile lograron mantener centros independientes en esos países más allá de la naturaleza brutal de esas dictaduras. Había un espacio institucional reconocido para eso. De hecho, hay estudios recientes sobre las ciencias políticas autoritarias en esos países. Eso lleva a otro tema de discusión también, el de cómo la cooperación internacional y las organizaciones internacionales aceptan las reglas del Estado cubano y cómo el Estado cubano no acepta como otros regímenes autoritarios cierta presencia internacional independiente. Véase qué está haciendo FLACSO-Cuba hoy, en esta coyuntura de escasez, pandemia y represión; cuáles son sus temas, cuáles sus posicionamientos públicos. 

Nada de eso existe en la Academia oficial de Cuba; excepto ciertos espacios al amparo de la Iglesia católica. Pero han sido centros de investigación sistemáticamente purgados, incluso por la propia Iglesia bajo presión del Estado. Por ejemplo, tengo referencias de colegas, en el Centro de Estudios Félix Varela, que han estado en programas de cooperación de docencia, como un profesor cubano-americano que fue a dar unas conferencias en el marco de este centro de formación católica y fue acosado por parte de la Seguridad del Estado.

Por la naturaleza del régimen, que no es autoritario tradicional, sino de vocación totalitaria de origen revolucionario, hay diferencias entre el grado de institucionalización que se le permite a una academia autónoma. No obstante, debo decir que sin institucionalización dentro de la Isla, pero sí con un trabajo sostenido, hay cada vez más espacios distintos que producen conocimiento riguroso. Entre ellos está el Centro de Estudios Convivencia; el grupo de académicos e intelectuales que colaboran en la Joven Cuba; grupos de pensamiento socialista, marxista, liberal, cristiano; y algunos centros de formación cívica. A pesar de todo no es imposible vivir en Cuba y pensar allí rigurosa y críticamente sobre la realidad nacional, siempre que se pague el precio de la invisibilidad y del desamparo oficial, con la cuota de presión y represión que eso lleva. 

Hay represión, hay censura, claro. Y el no decir no ante esos represivos puede significar que, cuando se es expulsado como estudiante, docente o investigador, por ejemplo, de la educación superior, al ser un sistema unificado en manos del Estado, haya desamparo. Pero eso no justifica que, por ejemplo, ningún profesor tenga que avalar la represión de otro colega, que sea justificable asistir a un acto de repudio porque supuestamente “no tiene más alternativas”. El ser humano siempre tiene alternativas aun en las peores circunstancias,  con costos variables, lo cual ha sido reflejado en los textos de Eric Fromm y de Viktor Frankl (El hombre en busca del sentido). Pero si el costo de preservar la posibilidad de enseñar, investigar y de publicar  en una institución —por demás mediocre porque no paga bien ni permite internacionalizarse y solo deja viajar a eventos a los leales— es permitir que un colega sea censurado o que estudiantes sean expulsados de esta institución, ahí sí hay, a mi juicio, una posibilidad e imperativo para decir “no, conmigo no cuenten”. Y eso hay colegas que lo han hecho, que siguen en Cuba, produciendo conocimiento, escribiendo; aunque hay otros que, sencillamente, no lo hacen por dogma, por cálculo o por miedo. 

Hay constreñimiento, hay censuras estructurales, hay represión al pensamiento y a la producción autónoma de conocimiento social, pero uno tiene la posibilidad de no convertirse en cómplice de las prácticas represivas; particularmente cuando, en el presente, hay cada vez más una emergencia de conocimiento autónoma al margen de las instituciones oficiales. Lo que demuestra que es posible ser un intelectual libre, riguroso y decente en Cuba hoy.

 

Recientemente hemos tenido el caso del artista visual Hamlet Lavastida, encarcelado durante tres meses a su llegada a Cuba tras una beca de estudios en Alemania y obligado al exilio por el Gobierno y la Seguridad del Estado. Tú también has sido acusado por Humberto López en la televisión nacional de crímenes contra la seguridad nacional. ¿Qué significa para un académico, un intelectual cubano, ya sea dentro o fuera de la Isla, ser acusado de agente desestabilizador del Gobierno?

Sobre las consecuencias en general hay que verlo en varios planos. En el plano personal y familiar depende de la resiliencia de los vínculos familiares, la comunicación, los nexos y el diálogo que se tenga con la familia. Es importante siempre que la familia comprenda, comparta y respete, si al menos no comparta que respete la posición y la elección de cada quien, para que el vínculo familiar no se vea dañado. Creo que eso es lo principal y que es justo ahí donde la lógica del sistema pierde, cuando la familia, más allá de las desavenencias, las discrepancias y las coincidencias mantiene el lazo familiar a pesar de que uno de los miembros sea aislado, atacado, descalificado por mantener un tipo de postura intelectual y cívica crítica del status quo.

Luego tienen que ver las redes de inserción para desarrollar una carrera, un trabajo. En ese sentido, obviamente, los académicos e intelectuales que están dentro de la Isla tienen mucha mayor vulnerabilidad y están más expuestos incluso a la violencia directa del Estado. Los que viven fuera no dejan de estar amenazados, porque la mano del Estado puede llegar allí por sus agentes, sus redes de simpatizantes y las campañas de descrédito planificado, pero hay una diferencia de riesgo personal. En todo caso, la posibilidad de desarrollar una carrera es mucho mayor por más fluidez en las comunicaciones y del campo intelectual transnacional. 

Por eso lo más importante es sostener el vínculo con los seres queridos, con las personas que le interesan a uno; lo demás se va reconstruyendo y se va trabajando. 

Por demás, los ataques personales ya son parte de la historia. El régimen cubano va devorando hijos de manera sucesiva y lo que importa es sacar las debidas consecuencias de eso. No es el problema de unos funcionarios malos sobre otros; no es un problema de errores del sistema como pudo creer uno en un momento, sino que es un problema del sistema mismo. El sistema es el problema.

 

A pesar de las amenazas hechas por la Seguridad del Estado a muchos académicos en el exilio y la diáspora, o a sus familias en la Isla, estos siguen estudiando y trabajando el tema Cuba. ¿Puede hablarse de una articulación entre ellos para contribuir a la construcción de una democracia dentro de la sociedad civil cubana? ¿Cómo se dan esas articulaciones?

La sociedad civil es cada más transnacional, más diversa. El Estado, además, se ha retirado de manera importante de los mejores espacios de producción de conocimiento social. En los años 70, incluso con el dogmatismo, y en los 80 había una producción historiográfica, cosas que podían ser más meritorias en el plano de la cultura y el conocimiento; pero en la medida en que el Estado se ha retirado de lo que no sea acumulación de capital y de control político, y la provisión social es más limitada cada vez y han perdido también la hegemonía cultural, esta sociedad más transnacionalizada ha ido ganando fuerza y espacios. 

Esto significa que se entrelazan vínculos, que hay personas que producen dentro y fuera, incluso de la academia oficial. Y yo siempre pongo el ejemplo de los economistas, que son los punteros en este sentido. Todo esto demuestra que estas redes llegaron para quedarse, más allá de lo que el poder haga para desarticularlas. Creo que es un resultado objetivo de la globalización y del desarrollo de la nación cubana y que el régimen autoritario no podrá deshacerlas por más que las pueda poner en pausa o desarticular temporalmente algunos proyectos. Va a ser un espacio que va a seguir dando frutos porque Cuba es parte de la región, aun con sus especificidades; es decir, la supuesta excepcionalidad cubana no es completamente así. Es excepcional en la medida en que el régimen político es el más autocrático de América Latina, no reconoce los espacios cívicos ni los derechos a manifestación, protesta e información autónoma; pero la sociedad es pobre y desigual de la misma manera que lo es cualquier sociedad periférica de la región u otras partes del mundo. Tiene los mismos conflictos: la racialización, la feminización y la ruralización de la pobreza, la marginalidad urbana. Y parte de la convergencia entre la Academia internacional y cubana radica en estos aspectos. 

Uno de los grandes éxitos del totalitarismo es fragmentar personas, grupos, narrativas, iniciativas. Pero en la medida en que la gente se conecta, produce conocimiento en conjunto, reconoce al otro, dialoga, todo eso avanza el espacio cívico y retrocede los mecanismos de control totalitario.

Estas articulaciones se dan de muchas formas: en eventos que se organizan, en libros que se producen, en participación de académicos de la diáspora en espacios independientes de la Isla —ya sean físicos o virtuales—, en campañas de apoyo con crowdfunding, en la propia visibilización de lo que está pasando en la Isla lejos de las apologías tradicionales favorables al gobierno cubano y de discursos viejos del exilio.

Así, en la medida en que se captan, se acompañan estos procesos de cambios sociales en Cuba, la realidad cubana se hace más visible, y por tanto más criticable, y eventualmente más transformable. Donde estos procesos de articulación se van a seguir dando, por más que el gobierno quiera mantener una hegemonía sobre estos flujos. De todas maneras, siguen teniendo resortes importantes; por ejemplo, para ir a LASA siguen teniendo esa idea de delegación oficial que en sí misma es una antítesis con LASA por ser esta institución donde los académicos se afilian por el objeto de investigación, que es América Latina, no como súbditos o empleados de ningún gobierno. En La Habana, a esa delegación oficial la reúnen, le dan directrices, le incrustan agentes y funcionarios con ropaje académico. Pero al mismo tiempo también hay una participación más plural, si bien no todo lo que debiera, y dentro de la propia delegación oficial hay investigadores y temas interesantes, no policiales; así como hay académicos de la diáspora que participan en esos temas y tienen incluso espacios de debate con los académicos oficiales, lo cual de alguna manera erosiona el antiguo control y el mensaje monocanal y monocolor del Estado.

 

Cuba está atravesando ahora mismo un proceso de lucha por cambios políticos y de sistema. Muchos son los espejos donde podría ver reflejos de luchas similares. Según los estudios académicos, ¿cuál sería el más cercano?

Cuba está ahora en un momento de régimen postotalitario si usamos la terminología de Linz —refinada por otros autores—, que tiene los mismos resortes represivos del totalitarismo, pero con algunos de sus elementos atenuados. Es decir, menos política de movilización, una represión que —si bien ha crecido en los últimos meses por las protestas populares— no alcanza los rasgos de terror masivo que fue cuando se conceptualizó el totalitarismo por Arendt. En fin, es un régimen postotalitario en una fase bastante clásica —incluso hay quien habla de postotalitarismo congelado— con elementos de economía de mercado controlado por el Estado, con espacios de mercado con una fuerte presencia estatal. Eso implica que lo que pasa en Cuba en términos de comparabilidad habría que establecerlo con relación a los países de Europa del Este. Pero esto es en cuanto al modelo.

En cuanto al momento que vive el país, Cuba está insertada en una ola autocrática global en la cual muchos gobiernos, muchos regímenes parecidos usan tácticas y técnicas de represión similares parecidas al del modelo cubano. 

O sea, básicamente podemos definir que estamos en un régimen postotalitario en el cual, a nivel global, otros tipos de regímenes autoritarios usan tácticas parecidas de persecución a la prensa, de la oposición, de la sociedad civil en general. 

 

Según la evidencia empírica, el entorno político nacional y regional, y un análisis comparativo con lo sucedido en los países pertenecientes al antiguo bloque socialista, ¿cuán lejos o cuán cerca ve el politólogo Armando Chaguaceda un cambio de régimen y de sistema en Cuba?

Decir cuán lejos o cerca puede estar un cambio de sistema es irresponsable en términos analíticos por varias razones.

Primero, porque nosotros tenemos mucha menos información de lo que pasa dentro de la élite de lo que esta tiene sobre lo que pasa con sus opositores. Ahí hay una asimetría en la información. Y es importante que una parte de la élite se conecte para que se produzca una transición. Ellos son una especie de caja negra, donde podemos intuir ciertas cosas, sobre todo por las analogías con ciertas experiencias históricas o por cosas que se filtran, pero no tenemos acceso a toda la información de lo que sucede dentro de la élite. Y repito, la élite es parte importante del proceso de transición, al menos un pedazo de ella.

Al mismo tiempo, existen fenómenos que son empíricamente verificables. Hay más rechazo social, menos legitimidad, más protestas. Yo siempre digo que, cuando se dio lo del 26 de noviembre, todos estábamos sumidos en la incertidumbre, y en algunos casos en la tristeza, por el asalto a San Isidro y no preveíamos lo que sucedió ese día. Sin embargo, el 27 de noviembre se produjo en parte por personas que no estaban conectadas con San Isidro; fue un sentimiento de agravio cívico lo que movió a la gente allí.

Cuando se produjo el 11 de julio, mucha gente tampoco lo preveía. Pero al mismo tiempo era posible ver antes señales de eso. De manera que fenómenos tan altamente volátiles como las transiciones, que son una especie de revoluciones de otro tipo, no es posible predecirlas como si fuera un modelo matemático. Y este es uno de los errores esquemáticos y a veces con intereses políticos de la Academia; como también es un error congelar la posibilidad de cambio y creer que las estructuras opresivas son inmutables.

Básicamente, Cuba está en un proceso de envejecimiento de la élite política, de osificación del sistema, parecido a los regímenes de Europa del Este en la década de 1980, pero en un entorno internacional diferente de un avance de políticas autoritarias, lo cual conspira contra la transición —en América Latina misma—; al mismo tiempo que en un avance de las protestas sociales, lo cual puede ayudar también a generar escenarios de cambios que no teníamos hace unos años. Todo está abierto, casi todo es posible.

 

*Armando Chaguaceda. Politólogo e historiador, investigador del Centro de Estudios Constitucionales Iberoamericanos A.C. Experto país (casos Cuba y Venezuela) del proyecto V-Dem,  de la Universidad de Gothenburg y el Kellogg Institute en la Universidad de Notre Dame. Miembro de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) y de Amnistía Internacional. Especializado en el estudio de los procesos de democratización/autocratización y de las relaciones entre gobierno y sociedad civil en Latinoamérica y Rusia.  

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