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La nueva cortina de hierro, a la mexicana

El quiebre social marcado por los altos niveles de desigualdad y bajos niveles de movilidad social subyace a la división política que exhibe México en términos de polarización. Son las disparidades y desequilibrios de fondo a los que la política debe atender para restaurar el entramado de relaciones sociales cuyo daño vulnera el sistema democrático.

Contexto de la elección intermedia del 6 de junio de 2021

El domingo 6 de junio de 2021 México vivió una jornada electoral sin precedentes. Esto tanto por el número total de posibles electores —con una cifra cercana a los 93 millones de mexicanas y mexicanos (Instituto Nacional Electoral, 2021)—, como por una tajante polarización respecto de las posiciones políticas e ideológicas que defiende cada uno de los actores del proceso.

Sin embargo, esta elección intermedia no se puede entender sin hablar del proceso electoral de 2018. En esa ocasión llegó al poder Andrés Manuel López Obrador (AMLO), de la mano de un partido político fundado y construido por él mismo después de una lucha cívica de casi 12 años y de haberse postulado sin éxito a ese cargo en dos ocasiones previas.

El arribo al poder por parte del presidente López Obrador encaja a la perfección en los argumentos expuestos por Vázquez Valencia cuando se refiere a las causales que generan el populismo o neopopulismo, entendidos estos como Gobiernos que mantienen fuerte presencia personalista, un discurso que confronta al statu quo y apela al bienestar popular (Vázquez Valencia, 2016). Al igual que el autor, no consideramos que esta definición sea peyorativa per se si analizamos al Gobierno de López Obrador, tal y como se expondrá más adelante.

Bajo esa lógica, la narrativa política de AMLO ha sido prácticamente la misma desde sus primeras campañas electorales: un discurso con fuertes bases en la izquierda, en franca oposición al modelo económico neoliberal, opta por uno nacionalista y apela a la remembranza de los “mejores años” del Estado de bienestar mexicano —que tuvo su cumbre de desarrollo en las décadas de los años sesenta y setenta del siglo XX—.

Se esperaba que esa narrativa se limitara a ser un discurso típico de campaña electoral y que fuese abandonada, o al menos matizada, luego de asumir la presidencia el primero de diciembre de 2018. Sin embargo, esto no ha sido así, sino que, al contrario, bajo el amparo del poder presidencial, los ataques mediáticos a los opositores no han cesado.

Si regresamos al contexto específico de la elección 2021, otro de los factores que podemos mencionar y que se presentaron de manera exógena, fue la contingencia sanitaria causada por la COVID-19. Esto propició varias disyuntivas respecto a la ejecución, orientación y desarrollo de las políticas públicas en salud, aunado a la urgente necesidad de tomar acciones para proteger la actividad económica —debido al inminente aumento en variables como el desempleo, desabasto de medicamentos, inflación, entre otras.

Otro elemento por considerar es la ola de inseguridad que se ha reflejado en diversos Estados del país, la cual alcanzó a 90 candidatos asesinados y un total de 782 agresiones con motivos políticos (Arista & R. Flores, 2021). Esto último impactó en el ánimo social al grado que surgió un sentimiento de familiaridad o cotidianeidad respecto de los ataques armados, secuestros, extorsiones y hasta muertes de candidatos a plena luz del día —ello generó incertidumbre para el ejercicio libre del voto—. A pesar de lo anterior, la sociedad mexicana se volcó a las urnas; se contó con una participación ciudadana del 52.6 %.

El resultado de la elección

El resultado de la elección es un abanico de configuraciones políticas de la más diversa naturaleza a lo largo del territorio nacional. Sin embargo, por encima de los resultados particulares sí se puede apreciar un patrón general a nivel de país: México está dividido, casi de manera exacta, en dos: las personas que apoyan el proyecto del presidente López Obrador y las que no.

Lo anterior se puede apreciar de una manera muy clara en los resultados de la elección de diputadas y diputados al Congreso de la Unión:

Fuente: Cómputos distritales del Instituto Nacional Electoral.

A simple vista, la elección arroja un total de 186 distritos para MORENA y sus aliados (PVEM y PT), mientras que la oposición (PRI, PAN y PRD) obtiene 107 (Instituto Nacional Electoral, 2021). Se ha dejado de lado a Movimiento Ciudadano, toda vez que en esta elección decidió ir prácticamente solo, lo cual hace suponer que actuará como partido “bisagra” en las futuras coaliciones legislativas.

Es decir, en términos distritales, pareciera una abrumadora victoria de MORENA sobre la oposición. Sin embargo, algo muy distinto sucede si observamos un poco más a fondo esos resultados. Enfoquémonos entonces, solo en los votos obtenidos.

La alianza opositora (PRI, PAN, PRD) obtiene un total de 19 367 735 votos, mientras que la alianza del partido gobernante resulta con 20 904 670 votos. El tercer jugador, Movimiento Ciudadano, obtiene 3 430 507 votos (Instituto Nacional Electoral, 2021). Es decir, una situación de equilibrio si tomamos en consideración únicamente la votación emitida.

Fuente: Cómputos distritales del Instituto Nacional Electoral.

Fuente: Cómputos distritales del Instituto Nacional Electoral.

Esta división, que a simple vista pareciera simplista y superficial, no lo es. Esa división esconde todo un conjunto de elementos relacionados con la disfuncionalidad de la democracia mexicana de las últimas décadas, la cual ha desembocado de manera paulatina en este resultado electoral: dos proyectos distintos de nación, absolutamente incompatibles entre sí y que, no conformes con esa incompatibilidad, buscan exterminarse.

Esa división no es solo electoral, sino que tiene una fuerte correlación con el nivel socioeconómico de los habitantes. Es el resultado de la “estructura de la desigualdad” (Piketty, 2015) existente en el país, la cual impide el diseño y la implementación de políticas públicas que la combatan de forma eficaz. Es el reflejo vivo de una democracia que no ha sido capaz de resolver por la vía institucional los problemas sociales agudos que existen en México. Es el producto de décadas en las que solo una parte de la sociedad es representada en los órganos diseñados para ello, como lo son el Congreso y sus Cámaras. Es el resultado palpable de la captura del Estado por parte de las élites económicas y políticas.

También es el resultado de una sobrecarga de expectativas hacia la democracia que es incapaz de resolverlo todo, como en su momento los principales partidos políticos así lo prometieron, lo que generó un desencanto en y con la democracia (Keane, 2018). Bajo esa óptica, el “populismo” encarnado en López Obrador no es peyorativo en sí mismo, sino que es el resultado de esas disfuncionalidades de la democracia mexicana.

Rumbo a 2024

Mientras que en la Cámara de Diputados y en las elecciones de las entidades federativas, el partido MORENA, en términos generales, ha tenido buenos resultados, en la Ciudad de México (CDMX) su poder hegemónico se desmoronó.

Esto último no es un asunto menor, sobre todo si consideramos el factor demográfico característico de la Ciudad de México: existen delegaciones con mucha más población que algunos de los Estados de la República Mexicana.

Este resultado electoral en CDMX refuerza lo dicho con antelación. Se manifiestan las profundas desigualdades y la narrativa basada en discursos que refuerzan esas diferencias sociales, las cuales ofenden, propician ruptura, dan paso a oportunidades electorales para la oposición, pero también afianzan el rencor y la marginación existentes.

Buena parte del resultado electoral se puede atribuir a la catástrofe acaecida en el transporte público con mayor uso y popularidad de la Ciudad de México: el sistema de Transporte Colectivo METRO, en específico, el derrumbe de un tramo elevado de la línea 12. Esto ha generado toda una ola de acusaciones sobre corrupción e inacción por parte de los partidos políticos que han gobernado en CDMX.

Esta derrota electoral puede reflejar varias situaciones, entre las que destaca el debilitamiento o desgaste de la izquierda citadina, frente a una ciudadanía que cada vez reclama Gobiernos más efectivos y eficaces, que permitan que la Ciudad de México sea digna capital de la nación.

Este resultado electoral reconfigura el tablero político rumbo a las siguientes elecciones, tanto en el exterior como al interior del propio partido gobernante. El mencionado derrumbe de la línea 12 debilita las aspiraciones presidenciales tanto de Claudia Sheinbaum Pardo, actual Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, así como de Marcelo Ebrard Casaubón, actual Secretario de Relaciones Exteriores, responsable de la construcción de la línea en cuestión. Sin dudas, es una oportunidad para el empoderamiento de otros actores, como lo es Ricardo Monreal Ávila, presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República —más los que surjan en estos años.

Como podemos ver, la gobernabilidad democrática, en el corto plazo, enfrenta una serie de complejidades que pueden parecer incluso insorteables. No solo los acuerdos políticos entre partidos se ven mermados con este resultado polarizado y dividido en dos grandes mitades, sino que las pugnas al interior del partido gobernante pueden provocar rompimientos internos que generarían nuevas trabas para que los procesos democráticos y de representación popular se lleven a cabo de manera correcta y constructiva para la sociedad soberana (Puente, 2021).

Conclusiones

La división entre la sociedad mexicana que se hizo patente en las elecciones de 2021 obedece a razones que superan las causas atribuibles tradicionalmente a una lucha entre ideologías opuestas. Prueba de ello es el hecho de que el partido en el poder es de izquierda, pero varias de sus políticas públicas son promotoras de una agenda de derecha y libre mercado. Por otra parte, la alianza opositora aglutina fuerzas políticas que apenas tres años antes eran antagónicas.

La lucha entre dos proyectos de nación opuestos pero basados en la aceptación o no de la visión del Presidente de la República, parece obedecer a cuestiones estructurales mucho más profundas y arraigadas, de naturaleza económica y social que llevan décadas gestándose.

Esa división es atribuible a las características y determinantes de la desigualdad existente en México, a la baja movilidad social, así como a las grandes disparidades entre las regiones que integran el territorio nacional (Maldonado & García Peláez Cruz, 2020) —en términos de modernización económica e integración comercial—. Es decir, es imperativo y urgente el planteamiento de políticas públicas que atiendan, a fondo, estas disparidades y que conviertan en realidad los derechos sociales que poseen por naturaleza todas y todos los mexicanos.

Estos factores actúan como catalizadores de la referida polarización o división social entre un grupo “ganador” de los privilegios y oportunidades, y otro el de los “perdedores” aislados de ese desarrollo y movilidad social. El discurso disruptivo y antisistema neoliberal como el del presidente López Obrador, aparece como un nuevo camino que les permite a ese grupo recobrar la esperanza de un mejor porvenir. Lo anterior, por supuesto, con independencia de que se convierta en realidad o no. Los resultados generales a tres años de gobierno parecen apuntar a que no será así.

Referencias:

Instituto Nacional Electoral. (10 de junio de 2021). Cómputos Distritales 2021. Obtenido de https://computos2021.ine.mx/votos-distrito/mapa

Keane, J. (2018). Vida y muerte de la democracia. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Maldonado, C., & García Peláez Cruz, S. (2020). Bienestar con equidad: hacia un nuevo pacto social. Ciudad de México: CEEY.

Piketty, T. (2015). El capital en el siglo XXI. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Puente, K. (2021). El Congreso en disputa. Letras Libres. doi:https://www.letraslibres.com/mexico/revista/el-congreso-en-disputa

Vázquez Valencia, L. (2016). Democracia, populismo y elitismo. Ciudad de México: INE.

 

Por

Rafael Eduardo Hernández Rodríguez. Licenciado en Economía por la Universidad Veracruzana, con estudios de Maestría en Administración Pública por El Colegio de Veracruz (COLVER).

José Miguel Huerta Pérez. Licenciado en Administración Pública por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), con estudios de Maestría en Políticas Públicas por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y en Administración Pública por El Colegio de Veracruz (COLVER).

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