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Entrevista a Leduan Ramírez: “Debemos pensar Cuba como una nación ya no itinerante”

¿Existe alguna regularidad en las relaciones de los Estados autoritarios con sus emigrados?

La relación directa es justamente que los estados autoritarios utilizan la migración y a su diáspora, para sus propios intereses. Los estados autoritarios utilizan a su diáspora en función de fortalecer su poder y sus intereses y no solamente en aquellos lugares de destino en donde está su diáspora, sino sencillamente como mecanismo de salvamento económico. En el caso cubano es muy evidente. En primer lugar, lo utilizan como válvula de escape a cualquier situación interna; en el caso de su utilización como salvamento económico a través de remesas, de transferencias monetarias, que de alguna manera sostienen las delicadas economías internas o amplían el control económico que casi siempre en estos Estados está en manos de una cúpula dictatorial que no quiere ceder el poder. La respuesta sobre la regularidad es esa: primero, exportan a sus propios nacionales. Los exportan hacia destinos muy seleccionados o dirigidos; segundo, utilizan a la diáspora y su capital para permanecer en el poder; tercero, mediante la diáspora, comienzan a expulsar del país a cualquier forma que pudiera convertirse en una oposición o en una fuerza que disiente con el régimen en el poder. Esas son las tres particularidades que caracterizan la regularidad de la relación.

 

En el caso de Cuba ¿cuáles son las particularidades del fenómeno migratorio cubano que lo puedan diferenciar y cuáles asemejar a otros casos de Centroamérica o México?

Hay similitudes y diferencias. En primer lugar, el caso cubano, responde a una concentración del poder que se dio a partir de 1959 y que efectivamente ha sido concentrado cada vez más en manos de unos pocos. La característica principal que podemos notar en la migración cubana tiene que ver con la frecuencia. Existe una frecuencia en los números de las distintas salidas u olas migratorias. La primera gran ola migratoria la tenemos en la década de los ’60. Desde 1959 hasta 1965 o 1966 aproximadamente ocurre Boca de Camarioca. La segunda ocurrió en 1980 y la tercera en 1994. La migración cubana ha sido frecuente y hasta 1996 ha sido criminalizada. Es decir, quien salía de Cuba y era capturado en una salida irregular, en una embarcación precaria, cumplía prisión. Eso provocó que las primeras olas migratorias marcaran una tendencia. La primera característica es que las olas migratorias responden a un aumento del descontento popular cubano. Si vemos 1959 a 1966 salen todos aquellos que eran contrarios a la revolución que triunfó en 1959. En 1980, con los sucesos de Mariel, en 1994 con la crisis de los balseros. En 2016, Costa Rica. Actualmente, la ola que estamos viendo es a raíz de lo que ocurrió el 11 de julio de 2021. 

En pocas palabras, la migración cubana tiene saldo negativo, lo que significa que salen más personas que las que entran. En segundo lugar, responde a un patrón cíclico creciente del descontento popular. Y, en tercer lugar, lo peculiar del caso cubano tenemos una dictadura que se ha mantenido durante más de 60 años, es la dictadura más longeva. Y eso es lo que lo hace más distinto del resto de la región centroamericana o latinoamericana. ¿Por qué lo hace distinto? Porque en muchas ocasiones se ha tratado de decir que la causa principal es económica. Pero este no es el caso. La migración cubana se caracteriza principalmente por ser política. Claro que tiene un componente económico muy fuerte, sin duda. Pero es básicamente porque no tiene garantías de ninguna libertad ni de ningún desarrollo en su país de origen. En el caso de otras migraciones, como, por ejemplo, en Venezuela, ocurre exactamente lo mismo. En cambio, las migraciones como la salvadoreña, la guatemalteca, la hondureña o la mexicana hacia Estados Unidos no responden a una situación política del país de origen sino a una situación económica, o de inseguridad o de violencia. Ahí hay otras características, pero todas ellas tienen la misma condición, siempre pueden regresar. No se limitan los derechos, la naturaleza o la ciudadanía. En el caso cubano sí, una vez que sales de la isla el estado se olvida completamente de tu situación y no importa dónde estés.

 

En los últimos meses ha regresado la discusión pública sobre el tema migratorio. La salida vía Centroamérica, especialmente con el levantamiento del requerimiento de visado para el caso de Nicaragua y también los reportes de aumentos ligados a la frontera sur de EE.UU. y de la presencia de migrantes cubanos en la frontera sur mexicana, que comparte con el fenómeno de las caravanas migrantes de salvadoreños, guatemaltecos, nicaragüenses e incluso venezolanos, una pluralidad de orígenes con el destino de atravesar el territorio mexicanos. ¿Estamos ante una nueva ola migratoria y comparte elementos con olas anteriores como el Mariel o la crisis de los balseros?

Podríamos pensar qué caracteriza a una ola migratoria. Lo primero es el número. Cuando tenemos una frecuencia de una salida regular de 5.000 y de pronto se da un pico que se diferencia del año anterior que salta de un número de 10.000 que regularmente emigran, a 90.000, ahí hablamos de ola migratoria, porque vemos un número que se disparó. Llamamos ola migratoria a esa discrepancia, a esa diferencia marcada por el pico, por la cresta que muestra que se disparó. Justamente, si trazamos una línea desde 1959 a la fecha, llamamos ola migratoria a esa discrepancia o diferencia que existe no necesariamente en un año, sino en un período respecto de años anteriores y a años siguientes. Eso es lo que ocurre en los cuatro períodos que señalé.

Estamos ahora ante un fenómeno nuevo que hay que analizarlo en varias líneas. Sí estamos frente a una nueva ola migratoria que comenzó en noviembre de 2021 con el libre visado de Nicaragua; y todavía se mantiene porque desde noviembre hasta abril de la fecha se han reportado, según las oficinas del ICE de EE.UU., alrededor de 90.000 cubanos que se han presentado en la frontera sur solicitando asilo o refugio que son dos figuras migratorias distintas y responden a derechos humanos. 90.000 en cuatro o cinco meses marca un pico. Lo que hay que señalar es la reducción de los tiempos en que se están dando estas olas migratorias. 

Recordemos el caso de 2016 cuando la crisis de cubanos en Costa Rica. En ese año Nicaragua impidió el paso de cubanos que estaban migrando hacia EE.UU. Hubo una concentración de alrededor de 40.000 cubanos en tierra costarricense que se resolvió gracias a la intervención de varios países entre ellos EE.UU. en donde no estuvo Cuba. Allí se solucionó la crisis migratoria de 2016. Ahora estamos viendo una nueva ola migratoria que podría unirse a los números de los ocurrido en Costa Rica en 2016. Yo uniría los números. Analizaría un solo periodo que a diferencia de las olas anteriores que eran 1959, 1966, 1981,1994, ahora podrían unirse el periodo 2016 de crisis de los cubanos en Costa Rica, 40,000 cubanos, y el actual de Nicaragua, los 90.000 cubanos, en una sola cresta porque responden a las mismas causas. Primero: deterioro de las relaciones EE.UU.-Cuba, posterior al deshielo en la era Obama. Segundo: recrudecimiento y aumento del autoritarismo, un aumento de la dictadura en todos los sentidos habidos y por haber en el gobierno cubano asumiendo características contrapuestas al discurso enunciado por Raúl Castro durante su período como presidente donde hubo cierta flexibilización. Lo que estamos viendo ahora es un completo retroceso, incluso cuando la sociedad pensaba que iba a haber una apertura, aun dentro del control de los mismos mecanismos autoritarios del partido. Solamente para ilustrar con un dato: de 2013 a 2015 se repatriaron en Cuba alrededor de 11.000 cubanos. ¡Qué cosa rara es repatriarse! Personas que vivían en el extranjero y decidieron volver a Cuba y que se les autorizara, otra cosa de derecho de ciudadanía, que eran cubanos dentro de Cuba, con el carnet de identidad y todas esas cuestiones. Eso hizo pensar en una cierta idea de que la diáspora podría regresar a Cuba porque se estaban dando ciertos cambios, ciertas aperturas que hacían pensar que iba a transitarse hacia una mejora en cuanto a los derechos. Pero llegó Díaz Canel y hubo borrón y cuenta nueva, se fue todo para atrás, y, de hecho, tan para atrás que vemos que se está gobernando a base de decretos y a base de leyes que en lugar de flexibilizar y ampliar derechos lo que hace es restringirlos aún más. El ejemplo ya lo hemos visto en el decreto-ley 370, la causa de los presos políticos a raíz de la manifestación del 11J, un aumento de la represión a niveles insospechados. Cuando hay carencia de todo lo demás lo que sí sobra en Cuba es represión. Lo que hace esta ola migratoria es funcionar como respuesta a un desmantelamiento y a un recrudecimiento de cualquier forma de legalidad y de derechos humanos, un aumento de la represión, un aumento de las crisis y las carencias sociales, económicas y políticas cubanas y también una necesidad del régimen de sobrevivir. Se cayó el turismo, se le cayeron los servicios y las cosas que le daban dinero y, por lo tanto, recurrieron a la diáspora. La única manera de mantener la decadente economía cubana es a través de las remesas y la diáspora.

 

¿Cuáles crees que sean los principales retos que enfrenta el fenómeno migratorio hoy en la región y por supuesto en el caso cubano? y ¿a dónde tendríamos que estar mirando a futuro?

Si me arriesgo a dar una figura yo creo que hoy la nacionalidad cubana es itinerante, no es una nación que tenga raíces fijas, sino que está regada por el mundo, es una nación itinerante. Ese es el primer punto que yo pensaría, y lo planteo así para pensar y sintetizar un poco este drama que estamos viviendo los cubanos. Desperdigados por el mundo con un anhelo y un deseo muy grande de ver a una Cuba próspera e inclusiva con derechos y con legalidad y democrática frente a un gobierno que ha desterrado lo mejor de esa isla y lo ha metido, en primer lugar, en las cárceles o lo ha condenado, en un segundo lugar, al destierro. Estamos viviendo lo que vivió Heredia en 1820. Yo creo que el primer gran reto pasa por esa idea de qué cosa es la nación cubana. Hoy somos una Nación fragmentada y va a ser muy difícil volver a unir cada uno de los fragmentos de esa Nación, si queremos a Cuba democrática. Lo estamos viendo en los debates ahora mismo, en los discursos en donde cada vez más se apela a esa polarización de esa Nación cubana, entendiendo eso tan diverso que tiene que ver con una identidad, con una cultura, con una historia y con tradiciones. El segundo reto, ya sí de carácter directo, tiene que ver con la crisis demográfica cubana; quienes quedan en Cuba son aquellos que no pudieron salir ya sea por la edad o por los recursos. Quienes están saliendo hoy de Cuba son jóvenes, y los jóvenes que se quedan en Cuba no quieren tener hijos, no quieren tener descendencia. Por lo tanto, vemos a la hora de analizar las características demográficas cubanas una población en la tercera edad, alrededor de un 30%, estadísticas probables hacia 2030. Pero hay cada vez menos nacimientos y en el medio una población joven que lo que quiere es emigrar, que no quiere un proyecto de vida dentro de Cuba, que no quiere tener hijos dentro de Cuba y que si se arriesga a tener hijos solamente tiene uno, eso habla de que no va a haber cambio generacional. El tercer reto, y esto me atrevería a pensarlo desde el punto de vista político, social y humano, es pensarnos como nación política, como ciudadanos. Hoy por hoy los cubanos no nos pensamos como ciudadanos. Voy a hacer una generalización que se nos dice a los cientistas sociales que es en la que no debemos incurrir, pero yo voy a lanzar el reto y espero que esto sirva para abrir el debate alrededor de este tema: se nos ha quitado o hemos perdido la capacidad de acción, de convertirnos en agentes de nuestro propio cambio. Creo que ese es un reto fundamental. Si verdaderamente queremos el cambio debemos ser partícipes del cambio y generarlo. Hubo un atisbo grande que nos ilusionó a todos el 11 de julio y el año antes pasado con determinadas muestras como San Isidro, sin dudas, pero creo que hoy la agencia se convirtió solamente en reclamar la salida de Cuba a las distintas embajadas para llegar a Nicaragua. Y yo creo que ese es el gran reto que tenemos como sociedad: pensarnos como una sociedad democrática, incluyente, que defienda derechos humanos, que defienda derechos ciudadanos y que nos reconozca a todos, a toda esa nación itinerante como una nación que tiene la potencialidad de construir y pensar esa Cuba donde quepamos todos y donde lo dictador, donde la dictadura, la tiranía de la dictadura sea un momento de nuestra historia, pero nunca más una realidad. 

Podríamos pensar en muchos otros, pero yo creo que esos son los tres retos. Una crisis demográfica, una nación itinerante y una nación que conciba un futuro donde quepamos todos en una sociedad democrática. Dicho eso, mientras siga esta tiranía o este gobierno autoritario, que controla la vida desde lo individual hasta lo colectivo, hasta la forma en la que se debe pensar, que creo que se ha incrementado ese control, hay que activar el cambio. Porque incluso estando fuera de Cuba nosotros también tenemos miedo de hablar o de pensar por las repercusiones que pueda tener sobre nuestras familias y hacia adentro. La recuperación del derecho de los ciudadanos a disentir, a opinar y a argumentar esa diferencia. Por último,  pensarnos como nación ya no itinerante, sino dentro de Cuba, con nuestras agencias, con nuestros capitales y con nuestros recursos, pensando en una Cuba democrática con todos y para el bien de todos.

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